COVID-19, también me ha robado el duelo

¿Cómo se hace el duelo en una pandemia?

Cuando perdemos un ser querido el duelo es un ejercicio personal pero iniciado, ayudado y soportado por el grupo. La pandemia de COVID-19 nos roba ese ejercicio.

Hay muchos tipos de duelo, pero en este caso vamos a realizar una comparación con un duelo no patológico tras una enfermedad de hospitalización urgente con UCI y fallecimiento. Por ejemplo, una enfermedad coronaria de presentación súbdita, hospitalización y pronóstico reservado.

Durante la enfermedad y en la hospitalización el grupo (familiares, amigos, vecinos, etc.) comienza el apoyo con preguntas y comentarios simples como por ejemplo “¿cómo está tu madre?”, “¿mejora tu padre?”, “cuando me enteré pensé enseguida en ti, ¿cómo estás?”, etc. La posibilidad de contar y elaborar el discurso, hace que el sujeto protagonista empiece a entender en su interior que está en una situación excepcional y que el grupo de consuelo le escucha, le pregunta y le ayuda.

El discurso atropellado del primer día, se va estructurando y haciendo más elaborado con el paso de los días, con la información de los médicos y enfermeras, con el tiempo transcurrido y con otras prácticas (rezar, relajaciones, etc.). El cuerpo y la mente van preparándose para la situación desagradable. Cada vez que se cuenta al grupo o se dan nuevos datos, la mente asimila los pasos que tendrá que dar, pero ninguno fácil. Anticipa, imagina escenarios, se prepara.

Ésta situación de pandemia en la que la enfermedad es la misma y sus síntomas y pasos repetidos hasta la saciedad en los informativos, RRSS, etc. no hay espacio para la elaboración previa, no se explica a los conocidos por qué, cómo o cuándo, entre otras cosas porque a medida que avanza la enfermedad todos tenemos a alguien conocido o cercano y las preguntas resultan innecesarias. Tampoco hay transmisión social de la noticia, no salimos de casa, no vamos al trabajo, no nos encontramos con nadie en el portal o en la calle para hablar. Si hacemos una llamada o la recibimos, sabemos que tendremos que hablar de ello y a veces se evita el teléfono por no estar preparado para hacerlo. La enfermedad COVID-19 ya nos ha robado esta primera parte del duelo.

Cuando en situaciones normales se acerca el desenlace, los médicos y enfermeras informan (en general, de manera delicada) y permiten tener contacto con el paciente. Con la enfermedad COVID-19 no existe la visita/despedida final. Si acaso y si fuera posible, se hace con un EPI y a distancia. Ya no hay contacto humano, cercanía o despedida física. La enfermedad COVID-19 nos ha robado esta segunda parte del duelo.

Tampoco existen las situaciones normales que se dan tras el fallecimiento como el traslado del cuerpo, la preparación del funeral, la realización de las últimas voluntades. No hay funeral, no hay tanatorio, no hay un espacio para recibir el consuelo, abrazos y  las visitas, tan necesarias. Volver a hablar con personas que hace tiempo que no ves pero que quieren ayudarte a “hacer el duelo”, contar anécdotas de la vida del que se ha ido, celebrar y rehacer su paso por nuestra vida y por la de sus conocidos, conocer detalles o historias que no sabíamos, poner cara a sus conocidos que sólo conocíamos de oídas, todos estos pequeños momentos ayudan a  completar la vida del fallecido y darle un final. Ahora, hay un protocolo de incineración y una espera de más de un mes para recibir las cenizas. La enfermedad COVID-19 nos ha robado la tercera parte del duelo.

La obligación de quedarse en casa, -en algún caso infectado y en aislamiento-, añadida con el contacto nulo con el exterior, el no poder desplazarte a la casa de la persona fallecida para recoger documentación o simplemente vaciarla, el no poder acercase a una iglesia si se es creyente o no poder recibir una visita de un amigo, crean una sensación de irrealidad. “Quizás esto no ha pasado”, “no he visto podido ni coger su mano”, “solo puede ser una pesadilla”, son pensamientos normales que roban la cuarta parte del duelo que se hubiera dado en otras circunstancias.

La enfermedad COVID-19 nos impone a todos una nueva forma de llorar, de despedir, de añorar y de elaborar nuestro duelo. Tenemos que crear nuevas formas de despedida transitoria, nuevos duelos que sin ser presenciales pueden confortarnos hasta que se acabe el aislamiento. Escribir una carta, un poema, escuchar la música que le gustaba, preparar su comida favorita, brindar por él o por ella en una cena, ver fotos antiguas, llorar mientras las ves, preparar un ritual de despedida o funeral como él o ella querían para cuando termine el confinamiento, desarrollar mucho autocuidado, hablar con personas que te escuchen, utilizar los servicios de psicología gratuitos, etc. Y esperar.

Porque son solo eso “medidas temporales para iniciar un duelo excepcional”, para evitar que se convierta en un duelo patológico, para que al acabar el aislamiento podamos resolver todos los pasos que el virus no nos dejó resolver como seres sociales y humanos que somos. Con abrazos, lágrimas, palabras y besos.

 

J. González

Psicóloga, M-17850

Colegio Oficial de la Psicología de Madrid

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